El verano de los foodtrucks.

El verano del 2015 ha sido el verano de los foodtrucks.

Es cierto que desde hace unos meses cada vez veía más por las redes sociales, comenzaban a tener su sitio en las bodas y demás eventos pero han sido en estos meses estivales cuando, al menos en Asturias, han vivido su boom. Y ahí están, colándose en todas partes, en todos los pueblitos buenos, en los festivales, incluso se han creado eventos específicos de foodtrucks en varios puntos. Y ahí estamos, creyéndonos unos modernos y yendo a disfrutar de ellos sin pararnos a pensar de que probablemente dentro de un tiempo, lo de los foodtrucks ya no irá con nosotros. Nos hemos creído unos modernos de nuevo y si lo pensamos, hemos vuelto a demostrar que las abuelas si que eran modernas y que ellas de foddtrucks saben más que nosotros… Seguro.

Los foodtrucks vienen de lejos. Los verdaderos foodtrucks, aquellos que trasladan felicidad a todos los lugares son aquellos que recorrían (y recorren) miles de pueblos durante todo el año. Soy una nostálgica y aunque cualquier tiempo pasado no fue mejor reconozco que el boom de los foodtruck me ha hecho pensar en mi infancia y me ha sacado más de una sonrisa.

Y es  que cuando era una enana con pantalones cortos (que en realidad eran los vaqueros del invierno cortados) y las Victoria no costaban más de 1000 pesetas, veraneaba en La Llana, una aldea piloñesa de menos de 20 casas donde no teníamos nada y lo teníamos todo. Aquello era felicidad. Aquello fue una escuela de vida, una manera de crecer que debería ser obligatoria. Aquel pueblin de sólo dos niños pero que en verano contaba con un buen puñado más nos hizo ser lo que somos hoy. Sin duda. Sus casetas en los árboles, sus guerras de manzanas, sus escondites jugados en campos de maíz, su vivir sólo con con un teléfono para todas las casas, el lujo de recoger la comida del huerto o del gallinero, el crecer sin gominolas excepto cuando aquel vecino que trabajaba en ChupaChups nos traía algún que otro saco… Aquello era felicidad. Vivir sin nada más alrededor que praos y esperar la llegada de los “foodtrucks” aunque de aquella no conociéramos este palabro como el acontecimiento del año.

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¿Foodtrucks hace más de 20 años? Sí. Y varios a la semana. Os cuento.

1-El panadero

Este era el menos aclamado, quizás porque venía a visitarnos todos los días. Llegaba, pitaba y sino salías porque no estabas en casa te dejaba el pan en una bolsa a la puerta. Los miércoles repartía “El Fielato”, un periódico gratuito con noticias muy nuestras que nos encantaba leer porque eran (y son) cosas que pasaban allí al lado. El día que los abuelos se estiraban y además del pan compraban unos hojaldres de esos que nos hacían tener las manos pringosas durante un día entero éramos los niños más felices del mundo.

2-El Pescadero

  Venía los martes. Me acuerdo como si fuera a escuchar su motor de un momento a otro. Venía los martes y las abuelas tenían que pensar ya que íbamos a comer la siguiente semana. Y ahí estabas tú, bici en mano diciéndole a tu abuela que parrochas no, que no te apetecían, y que bacaladas tampoco, y que aquello otro tampoco… Que mejor unos calamares congelados y unos bocaditos de patata. Y allí estaban las abuelas, diciendo que te fueras de allí y que ibas a comer lo que te pusieran en el plato. Y lo comías, por supuesto.

3-El heladero

El heladero. El “puto amo” de los foodtrucks. Hedi, de Helados Hedi. El único del que aún recuerdo el nombre y que me saca sonrisas enormes cada vez que algún verano lo reencuentro en Llanes, en La Isla o en donde sea pero es verlo y correr a comprar un helado de turrón. No puedo no hacerlo.

El heladero llegaba los domingos sobre las 3 de la tarde, pitaba antes de entrar al pueblin y tenía que hacer dos paradas. Sí, dos paradas en un pueblin de 20 casas. Eso era el verdadero foodtruck a la puerta de casa. Aquellos domingos a las tres de la tarde al primer pitido todos los niños salíamos corriendo de la mesa familiar con nuestras 100 pesetas en la mano, 200 si había suerte y algún vecino sin nietos se había estirado (y tú no habías liado nada esa semana). Allí estábamos todos gritando cuál queríamos y las madres detrás, esperando su turno para comprar esas barras de helado que nos quitaban el mono durante los siguientes seis días. Hedi siempre tenía una sonrisa y algún que otro paquete de patatitas que nos regalaba.

Minutos después, en todas las casas se oía decir “mamáaaaa, no lo apoyes así que se chafa la bola” y es que aquellos helados se iban directos al congelador hasta que tú volvías a la mesa de comida familiar a terminarte todo lo que hubiera en tu plato. Comíamos mientras sufríamos pensando si aquella bola se había estropeado o no y corríamos a la calle cucurucho en mano a juntarnos con nuestros amigos mientras aquellas tardes de domingo además de a helado nos sabían a felicidad…

La infancia con foodtrucks fue mucho más genial. Eran foodtrucks sin luces de colores ni 20 mesas delante, sin estar tan de moda, que iban ellos a la gente y no la gente a ellos pero foodtrucks…

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