Y a mí, ¿desde cuándo me gustan los lazos?

Hace unos días Andrea de Mis Bodas de Cine escribía un post sobre lazos. Ella, que no le gustaban  y que desde que nos hemos cruzado en esta vida Blogger les ha ido cogiendo más cariño y acordándose de mí cuando se le  cruzan en su camino.

La vida Blogger tiene estas cosas, yo ya n puedo ver una película de bodas sin acordarme de Andrea o que me venga su perro a la cabeza cuando alguien me habla de Dexter Morgan… Al igual que desde hace un tiempo escuchar Extremadura es acordarme también del norte de esa comunidad y de Jenn o que sea imposible comerme unas gambas de Huelva sin acordarme de mi amiga de allí… La vida Blogger es así, cruza en tu camino a personas maravillosas que se cuelan casi, casi en tu día a día estando a un puñado de km de ti. Y un puñado de los grandes.

Mientras leía el post me vino a la cabeza mi amor por los lazos, un amor que siempre ha estado ahí porque cuando eres fan de los lazos, lo eres para siempre. Para siempre y desde siempre. O al menos desde que cada vez que tu madre te hacía una palmerita en el pelo y tú pedías un lazo a gritos.

Cuenta mi madre que de canija tenía el “cajón de los lazos”. Un cajón que abría y del cual sacaba lazos y más lazos, me los arrimaba al modelito del día y soltaba por la boca un “no pega”. Mi “no tengo nada que ponerme” deriva de aquellos “no pega” de los lazos y es que siempre era un buen momento para comprar un lazo.

Tener una abuela y una madre modista hizo mucho más fácil mis paseos a la mercería. Lazos estrechos, anchos, de lunares, con dibujos… Todos me volvían loca y era la niña más feliz cuando aquellas tijeras en forma de zigzag cortaban aquellos 50 cm de lazo que en un rato irían directos a mi pelo.

Era yo muy de lazos en el pelo y de lazos en la ropa hasta que un domingo de ramos estrené aquella falda con vuelo, llena de flores y con un gran lazo, qué digo gran, un lazo enorme en la cintura. Y, cómo no, aquel lazo se me desató mientras jugaba lo pisé y me caí. Hasta ahí habíamos llegado. Aquello fue el punto de inflexión de mi vida en el que decidí que yo faldas, lazos y demás ropa de “niña bien” no. Larga vida a los pantalones, a las camisetas heredadas y a los playeros. Larga vida a todo lo que no llevará lazos que se pudieran desatar.

Mi amor por los lazos nunca se fue pero hubo años (sobre todo los de mi querida adolescencia) que quedo oculto tras la moda. Menuda moda tuvimos en Asturias aquellos años: pantalones de cuatro colores, calentadores, manguitos y jerseys rojos con las mangas naranjas… Sólo las asturianas me entenderán si os hablo de PHO. No había posibilidad de lazos en aquellos estilismos. No lo había.

Llegaron los veintipocos y llegaron los anillos de lazo, los pendientes de lazo y demás complementos de lazo que se cruzaran en mi vida. Llegaron de nuevo algunas camisetas con lazos y jerseys con ese print.

Y llegó mi boda y entonces mi amor por los lazos salió de nuevo en su máxima expresión. Mi lado “cursi”se hizo más presente para sorpresa de muchos porque si llevar lazos es ser cursi, lo soy y de mucho cuidado. Mis joyas, mi “minitocado” y un montón de cosas más iban llenas de lazos en mi boda.

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Mi lado cursi es feliz con el boom de los lazos y lo seguirá siendo cuando pase, porque siempre hay un lugar para un lazo aunque alguien te mire y te diga ¿dónde vas con eso?

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