Comienzo a ser una princesa.

Hace dos meses escribía el último post sobre mi boda y terminaba así,

“Y hace calor del bueno por lo que mi madre no va a necesitar su chaqueta (os confieso que creo que aún está sin terminar! jajajaja) y los lazos de las sillas están listos en cinco minutos (mamá, vales tu peso en oro y mil kilos más!), yo doblo cuartillas mientras sujeto horquillas, contesto al teléfono, desespero a mi amiga/testigo/peluquera, y les paso los nervios a los demás… Yo ya sólo sonrío y voy por allí de puntillas, reservándome para el acto principal… Ese que os contaré otro día.

Ya está, ahora sí es ya 8 de Septiembre y yo ya soy una princesa, en chanclas del Decathlon pero princesa al fin y al cabo, en mi palacio.”

Continuemos.

En la Suite Antares yo comenzaba a ser una princesa. Mi amiga Patricia desplegaba brochas, sombras, rimmel, secadores, planchas de pelo, horquillas, lacas, crema…. Un auténtico maletín de Mary Poppins lleno de esas cosas necesarias para brillar aún más ese día.  Patri estaba nerviosa, había soñado varias veces que se rompía la muñeca y no me podía peinar pero allí estábamos! Yo contribuía a aumentar sus nervios.

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A estas alturas de mi gran día y como podéis ver en las fotos, yo ya me había puesto mi precioso y cómodo pijama de novia para evitar salir en las fotos con camisetas de publicidad pero ojo futuras novias, los pies también salen en las fotos y allí estaba yo tan tranquila cuando mi madre exclamó “Tania, traes un mono blanco y unas chanclas del Decathlon negras?” Sí, toma look. Mis chanclas más viejas (pero más cómodas) y sin tener otra cosa a mano. O eso creía porque por suerte las zapatillas cortesía del hotel combinaban mucho mejor que aquellas chanclas con tantas horas de uso…

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Mientras me peinaban yo hablaba, doblaba cuartillas, me levantaba a coger el teléfono cada vez que sonaba e incluso abandone la habitación  más de una vez para ir a supervisar o a entregar algo. No recuerdo la cantidad de veces que Patri me repitió aquello de “Tania, por favor, estate quieta que no nos da tiempo, que no llegamos” pero yo ya había llegado. Ya estaba en mi día, en mi lugar especial y, seamos sinceras, una boda nunca empieza sin la novia así que llegar llegaremos!

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A nuestras espaldas Dani y Liuva elaboraban más programas de ceremonia por si acaso había más gente que se los quería llevar. Allí estaban ellos, colocando páginas, cortando lazos, atando y volviendo a empezar mientras su amiga y novia les supervisaba por el rabillo del ojo y a través del espejo.

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Allí, colgado de una puerta esperaba mi querido vestido. Aún  no era su momento, todavía era un mero espectador de aquel pequeño caos y, reconozco, que yo no le había vuelto a hacer demasiado caso desde que lo colgué la noche anterior.Y así entre horquillas y brochazos de maquillaje, DIY de última hora y 4 personas más la novia en una habitación llegó la hora de comer. ¿Quién decía que a las novias se les cerraba el estómago? Ja!!! Ja!!! Ja!!! No hizo falta que me preguntarán si tenía hambre porque ya lo había dicho varias veces así que…¡a comer! ¿Qué come una novia el día de su boda? Algo ligero por imposición, sandwich, Mahous, CocaCola Lights y agua para todos… Aquella suite parecía La Fiesta de Blas pero sin las copitas de más! Mordisco a mordisco reconozco que debí ser la única que se zampó el sandwich entero, me bebí mi bebida y gorroneé de las de los demás y ni que decir tiene que todo esto lo hice mientras Patri seguía pidiéndome que me estuviera quieta y continuaba con la operación chapa y pintura.

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Un rato después estaba peinada y maquillada pero no pensaba vestirme! Si hay algo que me aborrecía del día de la boda era vestirme antes de tiempo y tener que estar sentada después en una silla. No,no. Jugaba con la ventaja de que no tenía traslados por lo que podía apurar hasta el último momento…. O casi. El teléfono de la suite volvió a sonar alguna que otra vez. “Has traído las minutas? (soy la peor novia del mundo y las tenía conmigo en la suite tan tranquila)/puedes bajar a ver si esto está a tu gusto?/ha llegado un ramo para tí!” ¡¡¡Un ramo para mi!!!! Y mientras yo gritaba esto bajaba escaleras abajo corriendo a recepción. Allí me esperaban dos hortensias preciosas con una tarjeta escrita de esas que te hacen llorar sino fuera porque tu cuerpo ha decidido que hoy no echas una lágrima. Era de Laura, una amiga que no podía llegar a la boda hasta el baile y me decía que pisara con fuerza mi camino de baldosas amarillas y que la felicidad me esperaba al final… A escasos metros de mí, Noelia se ocupaba de que toda la decoración estuviera perfecta y mi madre que se da por vencida en la operación “la novia debe estar tranquila y formal en la habitación” decide echar una mano… Si es que una madre es lo más de lo más!!!

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Mientras tanto yo revoloteo por todo el Palacio, voy de un lado a otro, miro todas las cosas y me olvido por completo de que estoy en un hotel con huéspedes. Me olvido tanto que me paseo por todas las instalaciones con las hortensias que me envió Laura en la mano y doy el visto bueno a todo.

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La fotógrafa y los videografos comienzan a impacientarse… La novia está sin vestir, el tiempo va pasando así que hago caso a una de esas miradas de madre que dicen todo sin hablar y emprendo el camino hacía la habitación no sin antes echar un último vistazo al lugar donde, poco tiempo después, me daría el Sí Quiero.

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Acostumbro a ponerme en jarras muchas veces a lo largo del día, es una postura muy mía por lo que en la boda no fueron pocas las veces que lo hice. Recuerdo perfectamente como mi madre me decía después de la boda “mira que te pusiste veces en jarras que sales en un montón de fotos!” y si, tenía razón pero madre… No sólo soy yo la que se pone en jarras, de tal palo tal astilla.

Llegué a la habitación y vuelve el caos. Las mismas personas que antes, una habitación, un baño y tres personas que tienen que arreglarse allí. No sólo era la novia la que a esas horas estaba sin vestir. Tensión, peleillas por el baño de nuevo (yo creo que tengo un trauma con el número de baños necesarios en una casa desde aquel día) y un desorden completo. Zapatos rojos que se cuelan en las grabaciones y en las fotos hasta que grito “¡Eh! Que esos no son mis zapatos!”, fundas de vestidos que van por el suelo a base de “patadillas”, una novia cargada de nervios, un guión de ceremonia que aún no ha sido entregado a la concejala (no dejo yo las cosas para última hora no…). Y entre todo el caos y el desorden yo decido que paso! Se acabaron los nervios y el caos! Vamos a disfrutar! ¿Qué necesitáis el baño?Perfecto! Yo me voy a la cama a ver los mensajes en el móvil… Uy! Que el autobús ya sale de Gijón! Uys! Que Kike se ha olvidado de coger bañadores por lo que mañana no disfrutamos de la piscina. Uys! Cuántas felicitaciones! Uys!! Ayssss! que alguien que no puede venir me ha escrito cosas preciosas! Uys, abre bien los ojos que aquí hoy no cae ni una lágrima! Sonrisa enorme, enorme en mi cara y ahora sí, ¡a prepararse!!

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En este punto, no sé si en la habitación reinaba la calma o es que yo había instaurado mi propia calma…

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Mi madre y mi amiga Patricia me ayudan a ponerme mi vestido de princesa. Se acerca la hora. Me pongo los pendientes y me atan los cordones de mis Nuria Cobo.

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Decido llamar por teléfono a mi hermano para que suba a verme, me mira, sonríe, pican a la puerta y yo grito un ¡¡aquí no cabe más gente!! ¡¡Soy el Padrino!! Se escucha desde el otro lado. La puerta se abre y entran mis niñas de arras, mis amigas salen de la habitación, alguien me dice que tenga el móvil conmigo ya que en cuanto Kike esté en su sitio me avisan para que baje, mi madre me da ese último beso antes de bajar a recibir a los invitados que ya han llegado…

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…y el padrino,el padrino me mira y, aunque yo no lo aprecie en ese momento, allí estaba Nuria, disparando esa última foto antes de irse de la habitación, esa foto que me muestra cada vez que la veo que no podía haber mejor padrino que mi tío Antonio, sólo él me podría mirar con esa cara, sólo él podía acompañarme en ese momento…Sólo de él su hermano estaría muy orgulloso si lo viera mirarme con esos ojos y esa sonrisa. Sólo él podía ser en esos momentos la persona más nerviosa sobre la faz de la tierra.

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En aquella habitación no se oía nada, ninguno hablábamos pero fuera comenzaba la boda. El novio había llegado y saludaba nervioso, suspiraba, pasaba calor, los invitados hablaban, sonreían, mi madre suspiraba y el sol lucía allá arriba… Sólo faltaba yo.

 

 

FOTOGRAFÍAS: Nuria Fernández.

VÍDEO: Utopía Producciones

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