Dando el cante

 

Yo canto mucho. Mucho y mal. Envidio la maravillosa voz que tenía mi padre. Maravillosa voz que yo que soy su calco no heredé. Él cantaba en varios coros y toreó a lo largo de su vida mis peticiones para que me hicieran las pruebas para entrar en ellos. Las toreó bien, dando varios capotazosy sin traumatizar-quitar la ilusión a esa niña que berreaba delante del espejo con el cepillo en la mano las canciones de Xuxa. Hasta me compró un micro el pobre hombre, uno de esos de verdad, de los de enchufar a la minicadena y con el cual mi voz sonaba en toda la casa. Hasta me compró un walkman para los largos viajes en coche pensando que así yo escucharía mi música tranquila. ¡Qué equivocado estaba! Yo fui la niña más feliz del mundo escuchando y voceando a partes iguales “y si te vuelvo a ver pintar un corazón de tiza en la pared… te voy a dar una paliza por haber… escrito mi nombre dentro, dentro, dentro” parando cada cierto tiempo para soltar aquello de “¿cuándo llegamos? ¿falta mucho? ¿porqué los abuelos viven tan lejos?

Crecí. Crecí y me di cuenta de que sí, que aquello de cantar no era lo mío por muchas ganas e ilusión que le pusiera. Ni voz ni oído pero matricula de honor en desesperar a los profesores de música. No tendría buena voz ni oído pero seguí cantando. Seguí haciendo duetos con mis artistas preferidos e incluso me atreví a canturrear en inglés (olé yo!) y llegó la adolescencia y sin saber cómo ni porqué, me descubrí a mi misma en varias cenas de clase que acababan en un karaoke. Cantar mucho si, pero en la intimidad. Esquivaba el micro con la misma facilidad con la que sostenía el mío años atrás delante del espejo. Y crecí más, y PlayStation decidió sacar al mundo los SingStar.

Y yo me vine arriba. Me hice con varios SingStar. Hubo una época en la que mi trabajo me permitía canturrear con adolescentes que lo hacían peor yo. Organizaba cenas y meriendas con amigos en casa para cantar. Y todos me ganaban. Pero lo importante es participar. Yo siempre pasé de esos mensajes negativos y de esas pocas estrellas que me lanzaba la Play. Yo cantaba sin preocuparme de las barras. Cantaba y me lo pasaba como los indios, y hasta me daban ataques de risas al ver a mis amigos comentar como era posible que yo cantara mal. Comencé a trabajar en geriatría y por un abuelo se hace lo que sea, y allí me vi (de nuevo sin saber cómo ni porqué) rodeada de abuelos, micro en mano, amplificador al lado y cantando aquello de “maría de la O que desgraciaita tú eres teniéndolo tó” o “en los carteles han puesto un nombre que no lo quiero mirar… francisco alegre y olé, francisco alegre y olá”.

Y es que otra cosa no, pero ganas, actitud y repertorio amplio no me falta. Y hasta los abuelos que son la cosa más agradecida del mundo se atrevieron a decirme ” no es que cantes mal, es que no sabes llevar el ritmo”. Y aún así siguen escuchándome. Y riéndose cuando me arrancó con tonada asturiana. Y cantaré mal, fatal pero por sus risas vale la pena.

¿A dónde quiero llegar? A los karaokes en las bodas. Y a lo que puede pasar en ellos.

Últimamente no son pocos los djs que ofrecen el servicio de karaoke. Todos te lo venden como una diversión asegurada, un éxito total ante tus invitados, algo que hará que recuerden tu boda aún más. Y puede ser. Pero también puede ser que no.

Es ya tradición en las bodas ese invitado (borracho o no) que pretende subir a cantar su canción favorita con la orquesta, aquel que agarra el micro y no lo suelta. Incluso ese que hace mil y unas peticiones.  No seré yo la que tiré piedras y diga que no me gusta cuando unos invitados cantan y dedican con todas sus ganas una canción a los novios. No, es más, me encantan esos momentos. Y me sentí afortunada de ver y oír a esos dos amigos cantarme esa canción de Disney versionada (olé por ellos!) pero una cosa es una canción, o dos, o tres y sin haber karaoke establecido y otra cosa es poner la miel en los labios a ese invitado aficionado al micro.

Porque siempre hay ese invitado al que le chiflan los micros y adora sus minutos de gloria. Y un minuto vale pero os prometo que cuando el karaoke se ha monopolizado por uno o dos invitados el resto a la cuarta canción ya está aburrido. Estoy segura, segura de que el día que yo vaya a una boda con karaoke yo seré la pesada del micro. Lo sé y quizás por esto y antes de que a ningún amigo casadero se le pase por la cabeza valorar karaoke sí o karaoke no ya los aviso.

En mi caso canto mal si y puede ser que la gente se aburra por eso pero sé que la gente se aburriría también si cantara bien. Estamos de boda. BODA. La gente quiere música, canciones antiguas y actuales, pachanga, los éxitos de los 80, las canciones del verano, el rock que les gusta a los amigos… pero canciones. Canciones pinchadas por un DJ, estamos de fiesta y no hay nada que más nos mole que la música puesta por los DJs, ¿o acaso alguien adora y mata por ir a un bar dónde cualquiera puede coger el micro y no soltarlo en toda la noche?

Porque sí, a veces el problema no es que alguien coja el micro y no lo suelte, no, el problema es cómo haces que lo suelte. Probablemente, no querrá y no se lo tomará bien. Y es comprensible que a mi me quitan un micro de la mano cuando estoy en medio de “háblame del mar marinero” y la lío, vamos si la lío. A mi me sugieren que es la última canción cuando entono aquello de “como una ola, tu amor llegó a mi vida…. como una ola” y digo que nanai, que mis amigos imaginarios piden bises.

No hace falta irse de boda para que alguien monopolice el karaoke. Hace dos fines de semana en Detiqueta2013 y en un stand que vendía el karaoke como lo más de lo más, un grupo de niñas se había apoderado del micro y no lo soltaban. Tres veces pasé por allí, tres. Y las tres seguían allí. El dj se reía y yo corroboré que el karaoke, mejor de sábado y con pocos amigos.

Porque si. Porque al que le guste cantar lo va a hacer sin micro en mano, él cantará mientras los demás bailen o cantará y bailará (eso es lo que yo hago!) pero sin micrófono. Y con música de fondo. Y así si. Que cada uno se monte su karaoke particular.

Y tú, ¿eres de karaoke en las bodas o no?

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