Y la música continuó…

…No somos nosotros de músicas de ambiente así que durante el cóctel dejamos que la única música que sonara en el ambiente fueran las risas de los invitados, los murmullos de sus conversaciones, los clicks de la cámara de la fotógrafa…

Y llegó la noche. Y la hora de cenar. Entramos al salón y solventamos algún que otro incidente al ritmo de Lori Meyers.

Ver la cara de ese amigo diciéndonos en uno de los brindis “¡esta canción os la pasé yo!” y su cara de ilusión al ver que la habíamos incluido en nuestra particular banda sonora fue uno de los mejores regalos de ese día. De los que no olvidas por mucho que pase el tiempo. Es una de las pequeñas grandes cosas de nuestra boda.

Sabemos que los cortes de tarta están empezando a no llevarse pero nosotros decidimos que metidos en faena de la boda, hacíamos todo, todo y todo. Así que allí estábamos , cortando y probando nuestra tarta, brindando y, lo más mejor de todo, yendo a brindar con nuestros amigos mientras Calamaro nos cantaba de fondo. Y como en todos los momentos importantes, las cosas salen rodadas y sin darnos cuenta ni haberlo planeado, una se abraza justo a su amiga cuando suena ” brindo por el momento en el que tú y yo nos conocimos….”

Estábamos de fiesta y tenía que notarse. Llegaba la hora de dar un detalle a uno de los amigos del novio. Buscábamos una canción que nos inyectará marcha, ganas de fiesta y lo conseguimos con esta de OPUS, ver a tus invitados disfrutando, bailando sentados, riéndose, animándose, cantando…

Y no hay fiesta, fiestón sin momento exaltación de la amistad por parte de alguien. Y en nuestra fiesta ese momento llegó antes de las copas, antes de amortizar la barra libre, antes de beberse el agua de los floreros y justo después de una (o varias) copas de cava… Era el momento de darle un detalle a los testigos, mi amiga y su amigo. Y no preguntéis porqué pero consideramos que después de Opus podíamos romper con Amaia Montero. Cursiladas aparte y aunque no sea una canción que tenga en mi lista de reproducción, fue la perfecta para darnos un par de abrazos.

Era la hora de darle las gracias a las madres.  A las dos, pero sobre todo a una, a la mía. A la madre de la novia. Y es que aunque las madres sean muy importantes hay que reconocer que en la mayoría de las bodas y sus preparativos, la que se come los nervios, la que se queda sin uñas, la que monta un taller clandestino para llevar a cabo ese diy que se nos ha ocurrido, la que paraliza su vida para amoldarla a tus citas, la que sonríe, la que llora contigo… es la madre de la novia. Por esto no dude, el detallazo a las madres tendría que ser una canción que le gustara a la mía mamma. Su devoción por Sabina es tanto como la mía, vamos, mi devoción viene de su devoción así que estaba claro. Allí que nos fuimos con Serrat y Sabina de fondo, allí que nos abrazamos, allí que nuestras señoras madres se fueron a lucir orgullosas sus regalos con sus respectivos amigos, allí que mi madre bailo y cantó toda la canción aunque esto le costara no salir bien en las fotos…

El ramo de la novia no voló por los aires. El ramo de la novia tenía claro su destinataria desde el mismo día en que la novia supo que se casaba. ¿Buscamos una canción que le guste a la novia? No. Buscamos una canción que le gustara a la destinataria, que le dijera algo, era su momento. Y cuando te pasas media infancia diciéndole que los Bom Bom Chip son mejores que los Rolling Stone no podía haber otra canción. No podía ser de otro grupo. Y no podía ser otra. Una canción que conocieran todos los invitados… El momento ramo con todos agitando las servilletas por los aires y cantando fue lo más. Lo más en sentimientos, en emociones… Lo más.

Llegó la hora de levantarse y hacer el cambio de salón. Los invitados iban entrando al salón del baile…. No quería una entrada en silencio. Allí iban a descubrir más sorpresas y algo tenía que sonar. Y aquí la que no le gusta la música en inglés decidió que no había nada mejor que esa canción que me cantaban los adolescentes los sábados y que tan buen rollo me daba… Y es que esa noche iba a ser una gran noche.

Había que bailar y decidimos en el último momento si abríamos sólo con una canción lenta y dábamos vueltas en círculos en mitad de una pista que nos parecía enorme o si hacíamos el baile divertido que no habíamos ensayado… De perdidos al río, nos miramos, nos reímos y decidimos que echábamos el resto. Empezó a sonar El rockandroll de los idiotas. Otra vez Sabina. Y de repente… De repente sonaron los acordes de la canción de final de Grease y yo miré a mis amigas. Y a sus risas, a sus carcajadas. Cuando una se pasa toda la adolescencia cantando las canciones de Grease y una de ellas empieza a sonar en su boda las amigas no pueden hacer otra cosa que disfrutar. Fueron unos minutos maravillosos!

 

Y la sorpresa vino para mí en la última canción. Sonó la que habíamos indicado y de repente el dj me miraba y decía que tenía otra canción que se había quedado en el tintero. Mi marido también me miraba. Y sonó. Terminamos el baile como lo habíamos empezado, solos en la pista pero esta vez además de bailar, yo me marcaba un dueto con Luis Ramiro en esa canción que podría ser los votos de cualquier boda. Para nosotros los votos perfectos pero no eran plan de ponerse a cantar en la ceremonia… No, mi voz no es para eso…

 

Y ésta fue, la banda sonora de nuestra boda. Las canciones que a partir de ese día son un poco menos de ellos y un poco más de nosotros… Y de nuestros invitados.

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